Texto publicado en edición nº 28 de Revista iPOP

La reciente compra de Instagram por 1.000 millones de dólares que concretó Facebook y los 5 millones de usuarios que se integran semanalmente a esta aplicación, no hacen más que confirmar el gran momento que estamos viviendo en esta nueva era de la imagen digital.

Importante ha sido la evolución en el diseño de cámaras, su incorporación a los dispositivos móviles, la aparición de efectivas herramientas que facilitan la edición y las novedosas maneras de compartir este tipo de archivos. Un desarrollo que avanza de forma acelerada y que ha contribuido al crecimiento de innovadores modelos de negocios en torno a la fotografía y su inmediatez.

Desde el punto de vista creativo, el aporte es más lento y de largo plazo, a diferencia de la tecnología como expresión visible de la ciencia, que influye directa e inminentemente en la sociedad y nuestra idiosincracia. Ese es su valor y su peligro.

Ejemplo de ello son los conciertos y las numerosas imágenes que suelen orbitar las redes sociales después de cada encuentro musical. Que lance la primera piedra quién nunca se ha molestado con ese público que persevera en la misión de capturar cada segundo. Ver el show por la pantalla, pulsar el disparador, verificar el encuadre, chequear la memoria y seguir atento a cada movimiento en el escenario hasta que la batería se agote. ¿Sirve eso para acentuar el recuerdo del momento?

Quizás el uso excesivo de data y energía no lo amerite. Si hacemos un simple ejercicio podremos advertir que un dispositivo cualquiera, con una resolución de 5 megapixeles, genera en promedio un archivo de 2,2 MB. Tomando 40 o 50 fotos en un evento seguramente se almacenará lo que pesa el disco de la banda si lo descargas en Itunes o PirateBay. Si hablamos de un registro en video de 720 o 1080 pixeles las cifras se disparan y es válido preguntar entonces cuánto de todo esto irá a parar a nuestra papelera o a la pila de discos respaldados.

A lo sumo subiremos 2 o 3 imágenes a Instagram para luego recopilar nuestra mejor selección en Facebook o Flickr. Actualizar en Youtube se hace cada vez más difícil con las nuevas estrategias que la compañía está adoptando para combatir el copyright, aún cuando existen exitosas aplicaciones como la chilena Hazda, que recopilan y sincronizan las distintas capturas realizadas desde móviles en un mismo recital.

Y aunque mucho pueda gustarle a algunos, tal parece que esta costumbre musical poco a poco desaparecerá. Así lo pronostican las acciones de empresas como Apple, por ejemplo, quienes ya están trabajando en tecnología para bloquear las cámaras de un iPhone a través de sensores infrarrojos. Estos podrán ser instalados en cualquier teatro o estadio deportivo y no influirán en las otras funciones que el teléfono pueda brindar.

El software en desarrollo está pensado para proteger los intereses de los organizadores de eventos y de las corporaciones televisivas que los transmiten, que no quieren que las personas puedan subir las imágenes de sus exclusivos espectáculos a YouTube y otros sitios de Internet. Esto también permitirá a Apple llegar a tratos favorables con las disqueras en su negociación para vender contenido a través de iTunes, algo que suena poco amigable desde la perspectiva de un usuario común y silvestre.

De concretar esto, los ingenieros de Cupertino abrirán un nuevo debate que se centrará en el derecho que cada persona tiene por el simple hecho de pagar su entrada. Quitarnos el privilegio de fotografiar a nuestros artistas preferidos en vivo parece ser el siguiente paso, sobre todo si consideramos la posibilidad de que otras compañías estén orientadas a solucionar el mismo tipo de rompecabezas.

Un caso probable es Sony, responsable de modelos como Cybershot; un gigante de la industria electrónica que se vincula de forma aún más cercana al tema de los derechos de autor y la exclusividad, por tratarse de una multinacional que también está inserta en el negocio de los sellos editoriales y los canales de televisión.

Fundamentada o aveces exagerada, lo cierto es que esta costumbre corre el riesgo de verse truncada, no por decisión propia precisamente, si no por las consecuencias que la misma tecnología ha traído consigo.

El tema no deja de preocupar y es entonces cuando comenzamos a volvernos víctimas de nuestras propias acciones, y a tomar el verdadero peso de lo que significa un peligro para algunos y un valor para otros. ¿Volveremos al encendedor o concebiremos un nuevo ícono para alzar en los conciertos?