Sábado 29 de Abril. Bar La Cantera, Valparaíso, Chile.

Jugar a dos bandos. Terminar un proyecto e iniciar otro. Separarse y emprender nuevos rumbos. Caerse al sabatismo. Cualquiera de estos caminos suele ser una vía (más o menos) común para músicos chilenos enfrentados al epílogo de una banda, considerando además que la escena es bastante más reducida que otros mercados continentales y que los “buenos modos” suelen ser elemento fundamental de nuestra idiosincrasia musical: si la formula funciona, hay que no terminarla o al menos terminarla en buena.

Ello no quita –por supuesto- que haya excepciones. Brillantes excepciones, como los Fother Muckers.

No descubriremos la pólvora respecto del cuarteto de Cristóbal Briceño, Simón Sánchez, Héctor Muñoz y Martín del Real. Son de lo más saludable que le ha ocurrido al rock nacional en el último lustro, devolviéndole naturalidad, simpleza y actitud, y aunque a ciertos “críticos” les duela en su poco sapiente criterio, dando gala de una creatividad desbordante y alejada del mote de la sobrevaloración. Hasta para morirse (y resucitar) tienen “ángel”.

Ocurrió el fin de semana santo. Ese viernes fuimos testigos, de cómo escribían un nuevo capítulo –en rigor, los últimos versículos- en su particular evangelio. La remembranza de la pasión del dios cristiano fue, para ellos, el momento idóneo para crucificar y dar muerte al nombre que llevaron desde 2005. Mediante un pascual EP “Muerte a los Fother Muckers”, el acto de fe incluyó re-versiones de canciones del cancionero católico de misas, y sin más la dilapidación de su trayectoria hasta entonces.

¿Y qué pasó? Los FM, lejos de morir, al tercer día resucitaron bajo el rótulo de Ases Falsos. Una jugarreta maestra, como la culebra que muda su piel o como quien cambia de auto para seguir en el mismo camino, con irónico humor, insospechada sinceridad, fuera de toda lógica y costumbre, dejando momentáneamente una legión de viudos que –luego- respiraron tranquilos y sonrieron. Y trataron de entender.

“Un roquerío sabe cuando despeñarse”, cantaron en “El Paisaje salvaje”. Una pista, un presagio casi epifánico, que cobró sentido ese domingo.

RETORNO A LA BASE

Tras la pasión que fue a la vez un acto de re-concepción, los Ases Falsos urdieron dos tocatas fundacionales para esparcir la buena nueva de su no-fin y su reencarnación: una primera, el viernes, dedicada a la feligresía capitalina en aquel templo llamado La Batuta, y otra el sábado, para que sus discípulos porteños pudieran atestiguar -como el mítico Tomás- y ver para creer en vivo aquello que se les había contado. Fue en La Cantera (tarde, muy tarde) y Twitsessions estuvo allí.

Un mix de paseo por momentos claves de la discografía, abrió los fuegos, con Briceño disculpándose porque su garganta estaba diseñada para otros usos a esa hora (las 3), como marihuanearse o lamer vaginas, en vez de cantar. Algo sobrado el comentario, porque su registro -salvo pequeños fallos del sonido general- se escuchó de lo más bien.

Los 90 minutos que vinieron en el Puerto fueron impecables, en parte por ese raro talento de los muchachos de convertir en complejo lo simple, un mérito que no evidencia necesariamente prodigio –lo tienen, además- como sí creatividad, versatilidad y libertad estética. Pero también por su propio carisma, sobre todo de Cristóbal, el frontman, vapuleando a su público, democratizando el repertorio (“¿Prefieren ‘Carta a mi país’ o ‘Monstruos marinos’?”, inquirió en un momento, para terminar igual tocando ambas), e ironizando con la capacidad de lectura, y sobre todo de entrelectura, de críticos y audiencias.

No faltaron canciones como las notables “Buscando oro” y “Retorno a la base”, además de la hermosa –siempre es relativo el término- “2022”, el rotado “Lobo mayor”, y “Salto alto”, primera creación firmada como Ases Falsos que tuvo una favorable acogida en suelo porteño. También, justo y necesario, fue entonar la religiosísima “Madre del mundo”, con un claro mensaje a los más de 200 sujetos que llegaron a La Cantera a verlos, criticándoles que encontraran tan cool oír gospel o rock cristiano en inglés, pero que rechazaran cuando una banda chilena cantaba canciones religiosas que marcaron a una generación. El “imbéciles” no fue pronunciado, pero creemos que quien lo haya inferido acertó.

Párrafo aparte para los que fueron, quizás, los minutos mejor logrados: los covers, donde dieron rienda suelta –como acostumbran- a sus gustos, ironías y su peculiar filosofía musical. “Mucho corazón” de Luis Miguel, “Te regalo una rosa” de Juan Luis Guerra (hubo baile lento y besos entre el respetable) y “Quiero ser libre” de La Noche, que según Briceño explica absolutamente el por qué de todo, completaron un show que si no fue impecable, al menos figuró entre los más notables del último tiempo en Valparaíso y que, en suma, ayudó con pulso evangelista a abrir un Nuevo Testamento en la autoprofética carrera de estos cuatro talentosos del señor.