En tiempos en que la tecnología está tan presente al momento de registrar un disco, ya ni siquiera necesariamente en un estudio, nos planteamos una duda tal vez prejuiciosa, pero igualmente válida: ¿de qué manera las nuevas herramientas de grabación afectan la comunicación, o derechamente la performance de los músicos sobre un escenario?

En alguno de los primeros capítulos de su biografía oficial, “Shakey”, Neil Young distingue dos categorías de músicos. Los que se la juegan en búsqueda de la perfección en el estudio, y los que prefieren dejar a su música fluir. El canadiense incluso tiene nombres para cada ambas categorías: “Beatles” y “Stones”.

Young representa a una vieja escuela, una que en los casos más extremos incluso veían en las tentaciones ofrecidas por los modernos equipos de grabación a un enemigo. Hoy, en pleno siglo XXI, las condiciones han cambiado. Y es que la tecnología se transformó en el mejor aliado de los músicos jóvenes e independientes, y ahora, tal cual se menciona en todo lados, cualquiera puede grabar su disco.

Más aún, todos pueden acceder a programas que permiten manipular los registros, cortar, pegar acá, amplificar, limpiar e infinitas acciones sobre la grabación. Poco a poco, la imagen que muchos tenían en sus cabezas de sus músicos favoritos tocando cara a cara en el estudio, se va desvaneciendo. ¿Pero cuánto de ello hay de cierto? ¿Afecta realmente la nueva tecnología de grabación a la manera en que se transmite la verdadera esencia de una banda? ¿Cuántos se han ido por el camino “Beatle”, y cuántos siguen en el camino “Stone”?

“Creo que la forma de grabar un disco va en estricta relación con el tipo de música que estás grabando”, dice Felipe Toro, de El Cruce. Y completa: “si se trata de un disco de pop bailable, no es para nada insensato grabar todo por separado, porque en ese tipo de música se privilegian los beats y sonidos estables. Por otra parte, si estamos hablando de blues o rocanrol, donde lo que predomina es la energia y la visceralidad, probablemente sea mucho más apropiado privilegiar las tomas en vivo”.

Héctor Muñoz, de los Fother Muckers, señala que su banda, hasta ahora, ha trabajado “por capas, primero las bases y luego los arreglos y las voces. Las canciones del cuarto disco, “El Paisaje Salvaje”, suenan bastante como las tocamos en los sets en vivo, aunque no fueron grabadas así. La meta es poder grabar, algún día, “a la antigua”, de un tirón y en vivo. Pero falta un poco de tiempo para que suceda”.

Lo que Toro describe como “cierta suciedad” que se desprende de las grabaciones en vivo es justamente esa meta a alcanzar. El Cruce, según palabras de su vocalista, sólo lo desarrollaron por completo en su último álbum, “770”, grabado incluso con cinta análoga.

El que se aún se persiga llegar a grabar “como antes” supone un romanticismo con respecto a los métodos de trabajo de antaño. ¿Será que pierde soltura la música con un tratamiento tan computarizado? “Para nada”, cree Muñoz. Más aún, aplaude el que “haya experimentación y, especialmente, ausencia de prejuicios. En general, no hablamos de géneros, sólo de canciones que nos gustan, intérpretes que admiramos, y bandas que trabajan de una manera que entendemos y compartimos”.

Felipe ve en la tecnología una posible amenaza en cuanto a la calidad de los artistas que se están criando bajo esta nueva escuela: “la gran pérdida que ha tenido la música a partir del avance en las tecnologías de grabación, es que hoy en día no es necesario que los artistas sean realmente buenos en lo suyo, pues todo es modificable y perfectible a través de softwares que “maquillan” de manera muchas veces imperceptible el producto final. Hasta los 80’s era necesario que el artista fuera “de verdad”, pues era muy demoroso y difícil disimular las imperfecciones y ni hablar de las desafinaciones o desencajes rítmicos, hoy ser un gran interprete no es necesario para nada”.

Y peor aún, para Toro lo que sí se ha perdido es “el interés y la valoración popular por disfrutar de la vibra de una canción, más bien la música hoy tiene una función más utilitaria, de fondo o para bailar”.

Hay hoy en día una realidad innegable, y es que la cantidad de música disponible es mucho mayor ahora que en pasado. Y esto tiene que ver también con un asunto de la menor exigencia de recursos al momento de grabar. “Por las condiciones de trabajo acá, no están las cosas como para darse tantos lujos y, por ejemplo, trabajar en una sesión todo el tiempo en jammear hasta llegar a algo”, sugiere Héctor.

En Chile tenemos una interesante convivencia entre bandas, y Felipe Toro rescata a diversos colegas que “buscan reivindicar ese sonido crudo y callejero bien hecho y de buscar la libertad y la improvisación. The Ganjas, Hielo Negro, Tabernarios, Damajuana, Angelo Pierattini, Tronn, sólo por nombrar los primeros que se me vienen a la mente. Aparte de El Cruce, obviamente”. Su colega guitarrista de Fother Muckers incorpora una última observación, antes de cerrar la conversación: “el buen jammeo es el que sale del oficio, no el que se hace porque sí”.

Estamos en un periodo de pragmatismo, pareciera que este es un tema que sólo preocupa a melómanos y a cierta fracción de los músicos actuales. Sin que la perfección “Beatle” en las grabaciones sea excluyente de la soltura “Stone”, aparentemente el siglo XXI ha entregado herramientas para que la mayoría se incline por la primera opción. ¿Y el público siente la diferencia? Dicen que en gustos no hay nada escrito. El debate queda abierto.